−Un quete, un quete,…
Saltaba de alegría, y no paraba de repetirlo. Jesusín, había
recibido un paquete de su madre. Estaba en la casa de los abuelos. La abuela
Carmen, matriarca familiar, se lo había llevado para aliviar a su hija Pilar. Había nacido la benjamina, con meses de diferencia, y él todavía no acababa de
soltarse en el caminar.
−Te lo traeré cuando sepa andar. –le había dicho ella.
Su hija no cuestionaba ninguna de sus decisiones. Ni
siquiera se permitía hacerlo con dudas en el pensamiento. Meses antes, cuando
se gestaba la niña, habían pensado en salir en busca de fortuna, a París o
Barcelona. Cuando supieron que estaba embarazada, (en ‘cinta’, como se decía)
pensaron en que se quedara ella con los padres, pero Teodoro no quiso ir solo. No
estaba dispuesto a separarse de su familia. Lucharía para salir adelante.
Vine al mundo. Nací. Papá lo celebró.
−Si es niña, se llamará Ana, como mi madre. –dicen que
siempre apuntaba, cuando mamá estaba de ‘buena esperanza’, otro eufemismo para
hablar de preñez, que entonces se ocultaba o disimulaba, hasta lo inverosímil.
Pilar tuvo cuatro hijos. Soy la cuarta. Los primeros
varones, dos de ellos malogrados en su más tierna infancia. Uno por el ombligo
mal atado, debido a discusiones y desacuerdos entre médico y ‘partera’,
comadrona que atendía el parto antes de que llegara el ‘galeno’, en la casa
familiar, del pueblo en que pasaron el primer año mes padres.
El abuelo, enviudó poco después
de terminada la guerra civil. Su mujer, la madre de papá, no superó una
infección que hoy en día no hubiera sido causa de mortandad. Papá siempre decía
que la mató la necesidad. No había dinero para pagar una penicilina que sólo
estaba al alcance de algunos bolsillos.
Siempre he pensado que muchas de
mis complicaciones de salud están relacionadas con la herencia genética de mi
abuela paterna. Lo he ido valorando así recogiendo pistas difusas de
remembranzas comentadas por los míos. Me temo que llevo un sello labrado desde
los orígenes.
En la vejez, mamá hablaba de sus
primeros tiempos de casada. De la temporada vivida en la casa de Fañanás.
Papá fue un hombre decidido. No
tardó en instalarse en Huesca, ciudad a la que entregó su cariño más sincero.
Para él era la libertad. El lugar en que podía medrar.
Decidir hacer frente a las dificultades, cuando estuvieron a punto de dar el
paso trascendental de emigrar, fue un gran acierto, bajo su punto de vista.
En mi primera juventud, siempre
pensaba sobre esa posible vida en Francia. Deseaba haber nacido allí. No me
gustaba la vida controlada de una ciudad cerrada. De ella salí. El deceso de mis progenitores ha cerrado ese ciclo. Voy sintiendo
que las ataduras se van deshaciendo. Ya no hay nada que me obligue. Nada que
condicione. Siento un cariño distante al origen. Rememoro y revivo ese origen,
que hoy es base de mis vivencias. Vivo en la ciudad que elegí. Una de las
opciones de aquel plan de supervivencia de mis padres. Barcelona. En ella tengo
mi hogar.